Del fundamentalismo al liberalismo teológico


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cada una de las principales religiones del mundo: judaísmo, cristianismo, Islam, hinduismo, budismo, etc, hay movimientos fundamentalistas o incluso fundamentalistas que se caracterizan por compartir actitudes comunes. Pero a la vez, en estas diversas religiones también hay movimientos liberales que intentan liberarse de la rígida tutela de los fundamentalismos. Y proponen romper con la prohibición de pensar.

Sería un error pensar que los movimientos fundamentalistas transmiten una fe más intensa que la de los movimientos liberales. No es la intensidad de la fe lo que está en juego, sino la forma en que se articula con los elementos fundamentales de cada una de estas religiones.

Según los creyentes fundamentalistas, la verdad se encuentra exclusiva, completa y perfectamente en los textos fundacionales de su propia religión: la Biblia, el Corán, Veda, etc, razón por la cual esta verdad no necesite ser indagada ni interpretada. Sin ambigüedades está accesible a los creyentes a través de la lectura literal. Y entonces,  aquellos que la perciben de manera diferente, o que la rechazan, son por lo tanto juzgados culpables de extravío espiritual o de una ofensa sagrada. Dependiendo del caso, la herejía puede ser castigados con la exclusión de la comunidad, el castigo o incluso la muerte.

Por tanto, el problema que enfrentamos no radica en la religión como tal, sino en la lectura fundamentalista que esta haga sobre ella. Generalmente los ateos y los defensores del secularismo más radical, que rechazan toda religión por principio, hacen poca diferencia entre los creyentes fundamentalistas y los liberales. Para ellos todo es lo mismo. Sin embargo, pasar del fundamentalismo al liberalismo teológico requiere de ciertos duelos, a veces dolorosos, durante los cuales el creyente puede sentir que está perdiendo la fe. Y la herida más sangrante consiste en aceptar que puede ser cuestionado por las opiniones ajenas y, por tanto, estar en disposición de entablar un diálogo religioso, que puede ser con aquellos que están más allá de la tradición religiosa o con aquellos que están dentro de la propia tradición.

Cuando este dialogo se establece versará sobre puntos considerados cruciales de la fe, sobre textos discriminatorios, sobre asuntos intocables hasta ahora y hasta sobre los elementos sagrados. En mi opinión, esta apertura a la discusión no ha de implicar la  renunciar a la propia fe, sino por el contrario darse permiso para repensar en ella.

Por otra parte los enfoques liberales en la religión se caracterizan a menudo por una tendencia a privilegiar el corazón de la fe, a buscar lo esencial, pues consideran que es en este núcleo donde radica lo realmente válido para la espiritualidad y que es independiente de las construcciones dogmáticas que se han construido a su alrededor. Esta tendencia, en mi opinión, está abierta a las críticas, porque no considero que la fe liberal sea necesariamente irracional. Por el contrario, debería poder explicarse a sí misma con cuidado a través de argumentos inteligibles. Comprensibles.

Incluso con una fe abierta al diálogo, es necesario admitir que el intercambio interreligioso es un campo de debate donde surgen diferencias y desacuerdos, pero que a lo largo de este camino se torna constructivo, pues empuja a cada participante a repensar sus propias afirmaciones de fe.

Por tanto, no es relevante ahora buscar quien ha de propiciar este diálogo teniendo como base planteamientos universalistas, como p. e, la afirmación de que todas las religiones son iguales, o que el mismo Dios opera en todas las confesiones religiosas, porque estas dos últimas cláusulas son doctrinas en sí mismas de cada religiosidad. Del mismo modo que lo son los que se sientan a la mesa del dialogo y provienen de las diversas tradiciones religiosas. Si la culminación del planteamiento liberal consiste en reconocer que todas las manifestaciones religiosas son lo mismo ante la sociedad y por tanto equivalentes a las comunidades de fe que las representan, entonces sus diferentes contenidos, como tradiciones, mandamientos, prácticas, muchas veces específicos, se vacían de relevancia propia y dejan de tener una relevancia cultural.

De ser así, entonces los cristianos han de abandonar el anuncio del evangelio de Jesucristo al mundo.  

Gilles Bourquin 

 

 

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