El duro oficio de ser testigos


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El evangelio de esta mañana, que tiene como autor a Lucas, nos describe otro de los encuentros de Jesús, el resucitado con sus discípulos. Este será un encuentro fundacional. Y el deseo de Jesús nos resulta claro. Su misión no ha terminado en la cruz, como algunos quizás tengán por sospecha. Ahora, levantado por el Sr. Dios de la muerte, retoma el contacto con los discípulos para poner en marcha un movimiento de testigos capaces de diseminar entre los hombres y mujeres del mundo conocido las buenas noticias del Reino de Dios. Vosotros sois mis testigos, les dice,como señal de afirmación.

Pero nosotros sabemos que no es una labor fácil convertir en testigos. Sobre todo a este grupo de hombres, del s. I, atrapados por el desconcierto y el miedo. A nosotros el miedo nos paraliza. Nos hace ver gigantes donde sólo hay molinos. ¿Y a ellos? Dejemos que sea Lucas quien nos pinte el cuadro. No se si han dado cuenta como a lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados. En silencio. El narrador sólo tendrá palabras para describir el mundo interior de los discípulos: están llenos de terror; sienten turbación e incredulidad.

Pero Jesús no sólo les habla, sino que es quien pondrá en tela de juicio la fe del grupo. Y lo más importante aun, pretende que no se sientan solos. Desamparados. Quizás por ello se presenta y se muestra y les pide de comer. Como si fuera un pariente que llega después de un viaje. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: La paz esté con vosotros… ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?.

Los discípulos después de algunos días se han olvidado de Jesús. Han olvidado sus palabras. El dolor y la trsiteza hacen cosas tremendas también con nosotros. Algunos las podemos reconocer y otros no.  Cuando nos olvidamos de la presencia de Jesús en medio de nosotros; cuando lo ocultamos con nuestros protagonismos, con nuestras opiniones, cuando la tristeza nos impide sentir de todo menos su paz; cuando nos contagiamos unos a otros con pesimismos, en realidad estamos tratando con injusticia a Jesús, el Resucitado. Y ahora sabemos que donde no hay justicia no es posible una iglesia de testigos.

Pero Jesús no es de los que se rindan pronto. No tira la toalla con tanta facilidad. No es de los que se aferren al fracasado como manera de autojustificarse. ¿Y qué hace entonces Jesús? Para despertar la fe de ellos, y la de nosotros, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas. Que tengan presente su amor entregado hasta la muerte. Contra toda desesperanza. No es un fantasma, como alguno de los discípulos sospecha: Soy yo en persona, les dice. El mismo al que ellos han conocido y han amado por los caminos de Galilea.

Vivimos tiempos arduos. Complejos. Tiempos donde los creyentes se han dejado domésticar por la cultura imperante. Donde se abandona la contemplación para hacer ejercicios de argumentación donde nadie escucha a nadie. Y hay una realidad que se ha impuesto como una moda textil: siempre que pretendemos hablar de nuestra fe en Jesús en realidad acabamos parloteando de nuestras maneras de pensar la vida, hablamos de nuestras tradiciones personales o con nuestra manera de ver la vida como si fuera la única. La posible. Cuando esto pasa entonces convertimos a Jesús en el fantasma que se niega a ser. En algo irreal que nuestros hijos, o nietos, o amigos no tienen en cuenta. En una sarta de palabras intrascendentes. Finitas. Que se las acaba llevando el viento. 

Por lo tento para encontrarnos con Jesús hemos de recorrer todo el relato de los evangelios. Todo. No quedarnos con los que más nos gustan. Y sólo entonces podremos redescubrir las manos que bendicen a los enfermos, que aceptan a los marginados, Para encontrarse con Jesús hay que mirar otra vez sus pies que acuden al encuentro de los más olvidados. Hay que apostar por las segundas oportunidades. Lo más parecido a una segunda oportunidad se llama gracia. Jesús es el Señor de la Gracia.

Al final del texto de la mañana se nos ofrece una especie de regalo. A pesar de saber que los discípulos de alla lejos y hace tiempo, y los de aqui y ahora, están llenos de temores y de dudas, Jesús les have una promesa. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Que los soportará como si fuera un andamio. Que los consolará. Y sin mucho bombo ni platillo les encomienda que exparzan su presencia en el mundo: Vosotros sois testigos de estas cosas. No les demanda hacer lidias sobre doctrinas o credos perecederos, sino que contagiar su experiencia. Que digan lo que han visto. Que hablen de lo que han escuchado. Porque esto de ser testigo no es predicar grandes sermones sobre Cristo donde abunda el fuego y el azufre, sino que implica crear espacios para que alumbre su Espíritu. En otras palabras, comportarse como él se comporto. Imitarle. Los discípulos han de hacerlo creíble con sus vidas en un mundo que ha apostado por las apariencias.

¿Si alguien me pregunta cuál podría ser el mayor escollo para la iglesia de estos tiempos? ¿Para nuestra iglesia? Yo tendría que decir de manera escueta: la falta de testigos. Este es nuestro reto. Esta es nuestra misión. A esto hemos sido llamados. A ser testigos de Jesús. Así que mantengamos abiertas las puertas del corazón, para que entre Dios, querida iglesia.

Augusto G. Milián

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