Una puerta abierta
Jesús les prometió a los
discípulos, entre los que nos encontramos nosotros, que no los
dejaría huérfanos. Ahora, él regresa a nosotros. Miremos el texto de esta mañana.
En primer lugar estamos ante un relato simple de la aparición del resucitado, por parte de Juan que a la vez nos está revelando su propia fe en ella. Las dos apariciones de Jesús, que se nos narran tienen lugar con una semana de tiempo, la primera en el anochecer de la tarde de la Pascua y la segunda siendo después de ocho días.
Pero el texto nos dice algo más. Miremos otras capas de él. Juan nos cuenta que los discípulos están reunidos, pero no nos dice quienes son. Lo que si nos explica, esta será otra interpretación, es que la fe viene de diferentes maneras a gente diferente. Hemos leído que el discípulo amapo cree al ver la tumba vacía. María cree cuando el Señor dice su nombre. Pero el resto de discípulos deben ver al Señor resucitado. Tomás proclama que debe tocar las heridas, para creer en él.
Sin duda los hombres y las mujeres encuentran la fe en las Escrituras de diferentes maneras. En la actualidad pasa algo parecido. Sabemos que los discípulos están en algún espacio en Jerusalén con las puertas cerradas. Las puertas cerradas reflejan el miedo de los discípulos, pero también demuestran el poder del Cristo resucitado. El poder de Dios no puede ser retenido por una tumba de piedra ni por una puerta cerrada.
Si, admitámoslo, los discípulos tienen temor. Y es que el miedo nos desanima a todos. Pero es en medio de esta situación que aparece Jesús y les dice: Paz á vosotros. Y les enseña sus manos. Así que tenemos por un lado, a Jesús que entra por una puerta cerrada, sugiriéndonos que su cuerpo tiene una cualidad diferente. Y por otro lado, sus heridas confirman su resurrección corporal. Pero no hay duda, todos le reconocen. Ahora los discípulos se alegran al ver al Señor. Éste es el punto de partida para ellos.
Pero este no es el climax de nuestra historia. Asi que lo siento por aquellos que esperan encontrar en las Escrituras finales felices en cada esquina. El meollo del pasaje es que uno de los discípulos no está presente cuando ocurre la visita de Jesús. Y este hombre alberga sus dudas. Quizás es una ilustración de que cuando estamos solos las dudas llegan sin pedir permiso. Y nos abrazan. Y se quedan con nosotros.
Ahora tenemos un momeno de evangelización antes que la iglesia fuera lo que nosotros conocemos. La primera persona a la que los discípulos testifican de que Jesús está vivo es nada más y nada menos que a Tomás. Y sus palabras a Tomás son esencialmente las mismas palabras que usa María para relatarles su encuentro con Jesús. Pero Tomás no cree a los discípulos, como tampoco creyeron los discípulos a María.
¿Cuál es la respuesta de Tomás? La de un prágmatico. Tomás hace una demanda extravagante. Antes de creer quiere ver. Esta es una demanda que muchos de nosotros hemos hecho en algún momento de nuestra vida. Asi que nos resultará familiar. Pero Tomás va aún más allá, solo está dispuesto a poner a un lado su falta de fe si el Jesús resucitado accede a su petición. ¿En realidad que quiere Tomás? Tomás demanda que Jesús sea tocable.
Y entonces pasan ocho días. Y Jesús se les aparece de nuevo. Otra vez las puertas están cerradas pero ya no se encuentra ninguna mención de temor. Todo lo demás es igual que el domingo pasado. La aparición de Jesús a los discípulos la semana anterior ha transformado su miedo en fe. Otra vez Jesús les da su paz. Pero esta vez va directo al grano y se dirige a Tomás: Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado. ¿Han notado que Jesús no condena a Tomás por su falta de fe? Nosotros le hubiesemos quitado puntos en su carnet de cristiano. Pero Jesús nos se parece en nada a nosotros. Sino que le proporciona lo que le ayuda a creer. Tomás ha exigido ver y tocar al Señor resucitado, y Jesús le permite hacerlo. No hay ninguna indicación en el texto que Tomás llegue a tocar las heridas de Jesús. Con ver al Cristo herido y resucitado, le basta.
Ahora viene lo inesperado. Es entonces cuando Tomás hace la mayor declaración cristologíca del evangelio de Juan. Su confesión: ¡Señor mío, y Dios mío!, va mucho más allá de títulos o confesiones que se encuentran en otros lugares del texto. Así que aquí tenemos, delante de nosotros, ahora mismo, como el más dudoso de los discípulos sobre la resurrección de Jesús pronuncia la mayor confesión sobre el Jesús que resucitó de la muerte.
Bienaventurados los que no vieron y creyeron, dice el v. 29. Ésta es la última bendición que pronuncia Jesús en este texto. Pero estas palabras alentarán a la iglesia primitiva y también nos alientan a nosotros, que nos encontramos entre aquéllos que no hemos visto pero que hemos creído.
¿Si alguien te pregunta que
es la fe? Ahora puedes responder que la fe es una puerta abierta. Para ti y para mí.

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