¡Silencio Sr. Miedo!


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensando en voz alta

¡Hay personas que oran solo cuando escuchan los truenos. Otros, oramos para no estar solos.

Hay días que no nos queda más remedio que cerrar los ojos y orar donde nadie nos vea. Hay días que la oración se convertirá en nuestro único consuelo. Es el pañuelo que secará las lágrimas que no nos atrevemos a exteriorizar. En el fuego que nos caliente por fuera y por dentro. Si, hay días que lo único que podremos hacer es orar  aún sin abrir los labios.

A veces los discípulos están solos y entonces el viento les azota. En la vida que tú y yo conocemos hay vientos que nos dan miedos. Vientos tan fuertes que nos paralizan. Que nos abaten sin pedir permiso. Los discípulos tienen temor a lo diferente. A lo nuevo. A lo insospechado. Son como niños que llaman fantasma a lo que no pueden comprender o a lo que no pueden controlar. En realidad en nuestras vidas hay muchos fantasmas. Y ante ellos nos inundamos de miedos.

Jesús no cree en los fantasmas. Sabe que la cobardía es un asunto de los hombres y de las mujeres, pero nunca de los que aman. Sabe que donde hay amor no hay temor. Sabe que el miedo nos musita al oído para arrancarnos la esperanza. Por eso cuando los discípulos tememos él nos grita desde lejos: Soy yo. ¡Echad fuera el miedo!

Solo cuando me doy permiso para orar es que tengo la voz suficiente para decir alto y claro: ¡Silencio Sr. Miedo! ¡Silencio Sr. Miedo! ¡Silencio!

 Lectura del Evangelio de Mateo 14: 22-17

A continuación Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca para que llegaran antes que él a la otra orilla del lago, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Y todavía seguía allí él solo al llegar la noche. Entre tanto, la barca ya estaba muy lejos de tierra y las olas la azotaban con violencia, pues el viento les era contrario. En las últimas horas de la noche, Jesús se dirigió a ellos andando sobre el lago. Cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el lago, se asustaron creyendo que era un fantasma y llenos de miedo se pusieron a gritar. Pero en seguida Jesús se dirigió a ellos diciendo: Tranquilizaos, soy yo. No tengáis miedo.

Señor, escucha nuestra oración

Si Tú eres mi luz, mi salvación,
¿de quién tendremos miedo?
Si Tú eres nuestro refugio, nuestro monte alto, nuestra roca en medio de las tormentas, 
  ¿a quién nosotros temeremos? A Jesús nosotros esperamos hoy. Amén.

 

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