No tengas miedo
Aprendemos hablar cuando escuchamos los sonidos de mamá y de papá. Pero tambien sabemos que no hay peor sordo que el que no quiere escuchar.
En este primer domingo de Septiembre, Marcos nos describe el recorrido de Jesús, pero no nos dice a dónde pretende llegar. Todo esto nos hace pensar que no buscaba llegar a un lugar concreto, sino que su propósito era otro, quizás tener un tiempo de comunión con sus discípulos.Un tiempo donde dedicarse a enseñarles acerca de su persona y misión, antes de llegar a Jerusalén. Antes de la cruz.
Como en otros muchos casos del relato evangélico, fueron los amigos o familiares del sordomudo quienes le llevaron hasta Jesús. En cuanto al enfermo, el Marcos nos dice que era sordo y tartamudo. Normalmente los mudos no saben expresarse por no haber podido oír hablar a otros. Podemos imaginarnos las dificultades que tendría para poder comunicarse con otros, los peligros a los que estaría expuesto al no poder escuchar, la desesperación que experimentaba cuando estaba en medio de la gente y no sabía lo que estaba pasando.
Los amigos del sordomudo estaban convencidos de que Jesús podía y querría sanarle, pero llegaron demasiado lejos al decirle cómo debía hacerlo. Tal vez habían escuchado en alguna ocasión anterior que Jesús había realizado sanidades poniendo la mano encima de la persona, y creyeron que esta era la manera en la que debía hacerlo con su amigo. Pero es una equivocación limitar la forma que el Señor tiene de obrar con las personas. De hecho, Jesús no aceptó sus indicaciones, y trató con el sordomudo de una forma única.
Sospechamos que Jesús conocía muy bien tanto las necesidades físicas del sordomudo, como las emocionales. Así que Jesús decidió apartarse con él lo suficiente como para tratar el problema tranquilamente. Al mismo tiempo, al separarlo de las otras personas, Jesús estaba destacando que su sanidad y salvación era un asunto íntimo y personal.
La forma en la que el Señor le sanó nos extraña a nosotros, pero esto es porque no logramos pensar ni sentir como el sordomudo. Al no poder expresarse correctamente, aquel hombre tuvo que usar gestos. Podemos imaginarnos sin dificultad que señalaría sus oídos para indicar a Jesús que no podía escuchar lo que le decía, luego señalaría su boca o lengua para darle a entender que tampoco podía hablar, y finalmente haría algún tipo de gemido para pedir la ayuda del Señor.
Hay dos detalles también son muy significativos. Primeramente elevó su mirada al cielo, para indicar que la ayuda que el sordomudo necesitaba había de venir de Dios y que Jesús actuaba en unión con él. Y segundo, el Señor gimió, mostrando el profundo dolor que su alma sentía por la carga tan terrible de sufrimientos que los hombres llevan sobre sí.
Los discípulos estaban apartados a Jesús y el sordomudo, pero no lo suficiente como para dejar de ver lo que Jesús hacía y aun de alcanzar a escuchar esta palabra en arameo que pronunció Efatta. Como en el resto de los casos, el poder Jesús se hizo efectivo al instante, devolviendo el oído al sordo, y lo que aun era más milagroso le dio la capacidad de hablar sin haber oído normalmente en el curso de su vida.
Ya hemos comentado en varias ocasiones que Jesús nunca quiso llamar la atención sobre sí mismo con sus grandes milagros. Estos debían servir como credenciales de que él era realmente el Mesías anunciado por los profetas y expresar también la compasión y el amor de Dios para con la humanidad perdida.
Por esta razón, Jesús hizo constantes esfuerzos para evitar que se le conociera como un obrador de milagros. Su misión y ministerio iba mucho más allá de hacer milagros. Él buscaba la fe y el cumplimiento de la Palabra.
Miremos la última exresión. ¿Recuerdan haber escuchado esta frase antes? Este mismo había sido el veredicto del Sr. Dios cuando completó su propia creación en el el libro del Génesis: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Pero sabemos que entre el mundo del Génesis y el mundo donde se mueve Jesús los hombres y las mujeres habían colocado un abismo con el Sr. Dios. Habían perdido la capacidad de escuchar y de hablar como lo hacían antes y ahora Jesús estaba devolviéndoles esta capacidad perdida.
Aunque el milagro fue llevado a cabo en la esfera física, sin embargo, ilustra también los efectos del mal en el hombre en la esfera espiritual. No olvidemos que es a causa de su incredulidad, que los hombres y las mujeres no logran escuchar la voz del Sr. Dios, y hablan mal cuando intentan expresarse acerca de estas cosas. Sin embargo, cuando Dios obra por su Espíritu abre las mentes y los corazones, y estos responden adecuadamente a su Palabra. Solo entonces quedan aptos para escucharle y hablarle.
Hemos comentado durante este último ciclo de Escuela Dominical para adultos, que a los discípulos también les costaba entender lo que Jesús hacía, también ellos sufrían de sordera espiritual. Por esto, fue necesario que Jesús los llevara aparte de las multitudes, como en el caso del sordomudo, y tratara de una manera íntima para que sus mentes y oñidos fueran abriéndose al conocimiento que viene de lo alto.
Querida iglesia: ¿Qué les podría decir hoy? ¿Ahora que comienza el mes? Querida iglesia: No tengan miedo. Ábrete a la palabra del Sr. Dios. Escúchala, porque sólo entonces podremos hablar sobre ella. No antes. ¿Qué es un cristiano, entonces? Los cristianos son los que hablan de lo que tienen atesorado en su corazón. Amén.
Augusto G. Milián

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