Soy un evangélico liberal


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos gusta mucho ponerles etiquetas a las personas, a las iglesias. Y cuando hablamos de iglesias generalmente esas etiquetas dicen: evangélicas, liberales, minúsculas, multitudinarias, congregacionalistas y otras malas palabras. Pero en la práctica estas definiciones humanas  nunca se quedan en las cajas donde nosotros pretendemos encerrarlas.

Es cierto que hay iglesias llamadas evangélicas, y otras, reformadas. Pero hay comunidades en la Iglesia Protestante Unida de Francia (EPUdF) que son infinitamente más evangélicas en su forma de adorar, en su mensaje y en su cultura, que algunas iglesias que se denominan bautistas en Francia. Asi como existen pastores evangélicos que hacen una lectura crítica y científica de las Escrituras, y pastores reformados que están sentados juntos a los literalistas a hora de tomar el café.

Es el diablo quien quiere encerrar a las personas en las denominaciones, porque esto hace más cómodo que un gran número de personas, nuestros hermanos y hermanas en Cristo, sean deshumanizados, sean expulsadas o sean marginadas. Pero esta es una labor  peligrosa, porque cuando participamos de este ejercicio olvidamos que hay individuos que no están sujetos a la globalización de la fe, y que la iglesia de Cristo es plural a pesar de todo, como un cuerpo con varios miembros donde cada uno necesita del otro, y hasta enriqueciéndose con el otro.

Una de las características del protestantismo contemporáneo es su débil concepción de la iglesia: no es ella quien salva. No es ella quien tiene el dominio exclusivo de quienes están en la verdad y quienes no. Entonces he de confesar que no puedo definirme en exclusivo como un miembro de la Iglesia Protestante Unida de Francia. Puedo decir que es ahí donde ejerzo mi ministerio como pastor, y que estoy agradecido de estar dispuesto a hacerlo allí, pero también podría afirmar que bien podría estar en otra iglesia. Y es que me niego a ser etiquetado. Y esto ocurre porque probablemente soy demasiado evangélico para ser liberal y demasiado liberal para ser evangélico.

Me gusta la iglesia reformada, porque allí hay una gran libertad teológica, y muy a menudo, un arraigo en la tradición de la Reforma, en la historia protestante que nos dejo como herencia nuestros edificios, nuestras liturgia, nuestros viejos himnos, nuestras maneras de vestir con esos faldones negros. Pero sobre todo, me gusta la iglesia reformada, por el mensaje radical de gracia y la acogida incondicional que allí se vive. Por otra parte admiro a las iglesias evangélicas por su fuerte dimensión comunitaria y fraternal, por su predicación viva, ambas ancladas en las Escrituras y abiertas a la vida cotidiana. Me gusta su pragmatismo funcional: si hay mucha gente buscamos un local grande, sino pues se cierra el local. Me gusta el estatus que le otorgan al pastor por parte de iglesia, y al mismo tiempo el compromiso de la mayoría de los miembros con el  servicio a la iglesia. En un mundo ideal estos dos modelos de iglesias deberían estar en un mismo sitio y al mismo tiempo. En un mundo ideal no tendríamos que desconfiar de otros hermanos, ni burlarnos de ellos, ni juzgarlos. Pero esto sería en un mundo ideal. La realidad es otra.

En lo personal me reconozco como un poco liberal porque creo que la Biblia necesita ser interpretada y leída con la ayuda de herramientas como la crítica-histórica y donde se pueda poner a los textos bíblicos en su contexto. En realidad no veo a las Escrituras como un tratado de dogmática o un manual de moral, sino como un libro para la vida que me acompaña cotidianamente, que me hace crecer, que me hace preguntas y que me guía. Pero también reconozco que soy ciertamente evangélico, porque toda mi predicación se centra en las Escrituras, que en ella apoyo mis elecciones éticas, que mi propia praxis en la comunidad es un intento de vivir en coherencia con lo que entiendo de la predicación de Cristo. Por esto no hay un pasaje en la Biblia que no me tome en serio.

Pero también han de saber, sin duda alguna, que soy demasiado liberal para ser un simple evangélico, porque no creo que el canon que conocemos haya sido dictado por el propio Dios. Sospecho que los libros encuadernados en nuestras Biblias no son necesariamente más inspirados que algunos que no están allí, o incluso más antiguos. Sin embargo, debo admitir que nuestro Nuevo Testamento nos da los mejores textos sobre los orígenes del cristianismo. Y a la vez, estoy maravillado por la calidad, el genio y la inspiración de estos venerables textos.

La humanidad ha creado literatura muy buena, pero en este caso, las Escrituras, nos encontramos con un territorio que va más allá de lo que el hombre ha producido. Nuestros cuatro evangelios forman un texto de infinita profundidad, si no entonces, ¿cómo es posible que los comentemos una y otra vez, después de dos mil años, con tanto entusiasmo?. Las Escrituras cambiaron el mundo, moldearon a las civilizaciones, incluso hoy salvan vidas, y no nos extrañemos si los hombres y las mujeres les dedican toda su vida. Estos textos no son humanos, son sobrehumanos, son trascendentes, no son una palabra de hombre, sino verdaderamente una palabra divina, una palabra creadora. La Biblia no es solo un libro bonito e interesante, creemos que es la Palabra de Dios.

Por decir estas cosas, es que los liberales me encontrarán demasiado evangélico. ¿Pero que quieren que haga? El evangelio ha cambiado mi vida y toda mi vida está dedicada a él. En realidad sospecho que soy un evangélico liberal, ¿pero no sé si uno tiene derecho a ser algo así?

Louis Pernot

 

 

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